¡Ay Narcís, Narcís!

¡ay! narcís, narcís.

Tengo varias anécdotas en las que de una forma u otra aparecen la familia real, hoy voy a contar una que nos pasó con el rey Juan Carlos I. ¿Cómo no iba yo a tener una anécdota donde apareciera (de lejos, eso sí) nuestro rey y algún que otro personaje conocido también? Esta historia ocurrió, creo recordar, en octubre o noviembre de 1986. Era yo entonces cabo primero profesional del Ejército de Tierra, destinado en artillería. Ya conté que, aunque ejercí varias funciones, la que realicé con mayor asiduidad era especialista de topografía y que mi función principal era que los obuses apuntaran a su objetivo, cuando estábamos dedicados a nuestra función pura y dura de artilleros.

Programaron para aquellas fechas unas maniobras de tiro, pero no eran unas maniobras normales: eran unos ejercicios tácticos de gran importancia, con muchos soldados desplegados y de varios regimientos distintos. En vez de ser unas maniobras como las habituales de cinco días, aquellas duraron dos semanas y el escenario era el Campo de Maniobras y Tiro de Chinchilla de Montearagón, en Albacete para más señas, muy lejos de los habituales, mucho más cerca de nuestro cuartel. Dejaré para otra ocasión el tema del frío que pudimos llegar a pasar. Me centraré en esta historia en las prácticas de tiro. Nos pasamos más de una semana practicando ejercicios tácticos de artillería. Básicamente nos decían: preparar asentamiento para disparar en tal punto del campo de maniobras, que por cierto, es enorme. Allí aparecíamos primero los topógrafos, situábamos donde queríamos que se colocaran cada pieza (cada batería de artillería cuenta con un máximo de seis obuses), nos situábamos nosotros para ayudarles a apuntar hacia el objetivo. Los obuses disparan haciendo una parábola, de manera que el proyectil puede caer hasta a once kilómetros desde nuestro asentamiento, sobrepasando montañas incluso, por tanto, no vemos el objetivo cuando disparamos. Hablo del material que teníamos en el ochenta y seis. Hoy seguro que tienen mejores armas, con mayores prestaciones. Esto era básicamente lo que hacíamos, hasta unos meses antes de aquellas maniobras. Destinaron a nuestra batería un capitán nuevo, que había tenido un destino anterior en artillería autopropulsada. Básicamente, un cañón con orugas para moverse, en lugar de los cañones u obuses que van remolcados por camiones, como era nuestro caso.

Obús 105/26

Cuando el capitán nos vio realizar los primeros ejercicios de tiro, quedó gratamente sorprendido del buen rendimiento y rapidez de sus hombres, a pesar de contar con armamento realmente antiguo (en otra entrada contaré que nuestro armamento tenía sus buenos años), pero él venía de mandar en una batería con material moderno, pensó que podía aprovechar algo de lo que había aprendido allí para mejorar nuestra funcionalidad, usar tácticas más modernas y eficaces. Cuando se elige un asentamiento, el mando dice a topografía que lo prepare, le dan las coordenadas y topografía, con su Land Rover va a toda prisa a preparar el asentamiento. Cada pieza (cañón u obús) se distingue por un color. Donde queremos que vaya la roja, se coloca una estaca roja; sobre esta estaca debe estar el goniómetro de la pieza, que ya expliqué que es con lo que se apunta. Una vez colocadas las seis estacas, que corresponden a las seis piezas, vamos preparando un pequeño croquis con las posiciones en el mapa de los obuses. Normalmente diez minutos después de haber salido topografía para el nuevo asentamiento, se recogen las piezas, se enganchan en los camiones y se dirigen hacia allí. Se colocan en su sitio, y se preparan para disparar. Cuando tenían el goniómetro sobre la estaca, los ayudaba con el goniómetro de batería, y entonces ellos colocaban unas estacas de referencia, ya que cada vez que dispara el obús, este se mueve mucho con el retroceso, hay que comprobar si está bien apuntado y, en su caso, corregirlo. Para eso se utilizaban las estacas de referencia. Básicamente esa era mi operativa. El nuevo capitán me llamó una mañana, me pidió que le explicara cómo hacíamos nuestra labor, y una vez explicada, me dijo que nos iba a complicar la vida, pero que haríamos una prueba. Trabajaríamos como la artillería autopropulsada. Básicamente, nos darían algo más de tiempo para cambiar el asentamiento, y nosotros les dejaríamos también listas, además de la estaca de color, con la posición de la pieza de artillería, las dos estacas de referencia. Eso nos suponía unos dos o tres minutos más por pieza, con nuestro equipo. Lo que sumaba unos quince minutos en total. Pero estos quince minutos los utilizábamos sin estar los obuses en el asentamiento. Esto que puede parecer un poco lioso lo vais a entender rápidamente.

En aquellas maniobras de Chinchilla serían las primeras maniobras de fuego real en la que usaríamos este nuevo procedimiento. La primera semana estábamos haciendo los ejercicios conjuntamente con compañías de infantería, ingenieros, carros de combate, mucha gente haciendo muchas cosas, por lo que cuando nos pedían que cambiáramos de posición, teníamos tiempo de sobra para practicar el nuevo procedimiento, que por otra parte no era nada complicado, solo nos costaba algo de tiempo, la parte nueva era un proceso muy sencillo. Sabíamos que los últimos días de maniobras serían con fuego real. Se rumoreaba que podía asistir el ministro de defensa y, quizás, solo quizás, el rey. El ministro de defensa de aquel momento era Narcís Serra, famoso entonces por dos cosas. La primera que no había hecho la mili, por lo que no tenía ni idea de nada que tuviese que ver con el ejército; la segunda, por llevarse un piano al ministerio. Se conoce que se aburría mucho y se entretenía tocando el piano. En fin. Nuestras prácticas salían cada vez mejor, ya lo teníamos muy bien rodado y el capitán confirmó que los ejercicios de tiro los haríamos con el nuevo procedimiento.

¡ay! narcís, narcís.

Llegó el día del ejercicio de tiro real. En el puesto de observador, que es el que corrige los disparos (para que se entienda fácil, el que dice: «a la derecha tanto, alargar otro tanto») también estaban los invitados para ver el ejercicio de tiro, en este caso, finalmente, varios generales de todos los ejércitos posibles, alguno extranjero, el ministro de defensa, algún miembro más del gobierno (no recuerdo bien, pero me suena que estaba entre ellos el vicepresidente Guerra) y, finalmente, también vino el rey. Lo que pasó en el puesto de observadores lo sabemos porque también estaba nuestro observador, que era un sargento de nuestra batería con un par de artilleros que le ayudaban. Ellos fueron nuestra fuente de información de lo que allí sucedió. El puesto de observación estaba muy bien situado, como es lógico, de manera que las distintas operaciones se veían todas desde allí. Un alto mando iba explicando lo que pasaría a continuación. Se suponía que había que recuperar una población que había sido invadida y ocupada por unos enemigos. Esa ubicación estaba marcada por grupos de tres bidones pintados, llenos de agua. El asentamiento se componía de unos cinco o seis grupos de bidones.

El mando les explica que para facilitar la posterior labor de infantería, artillería intentaría dañar las defensas del poblado, localizadas por los grupos de bidones que ya he comentado. Por lo que en ese momento nos decían desde qué asentamiento debíamos disparar. En ese momento a nosotros nos dijeron el nuevo destino, como alma que lleva el diablo, no os quiero contar cómo iba el Land Rover por aquellos caminos (ya sabíamos que el rey estaba mirando, tocaba demostrar de lo que somos capaces). Llegamos y preparamos todo para apuntar nuestros obuses como habíamos practicado. Mientras tanto, el mando explicaba al ministro y al rey que una vez llegasen las piezas al asentamiento, podrían disparar en un intervalo de entre treinta a treinta y cinco minutos; el tiempo habitual con el anterior procedimiento, si lo hacíamos en unos veinticinco sería casi un récord. También les explicó que, normalmente, la corrección necesita un mínimo de tres disparos para acercarse al objetivo a menos de cincuenta metros, que eso ya se considera dar en el objetivo, pero que no es infrecuente necesitar cuatro. El mando avisó de que nuestros obuses estaban llegando al asentamiento y que este se encontraba a algo más de nueve kilómetros del objetivo marcado; ponían el cronómetro en marcha. Continuaban hablando hasta que nuestro sargento levantó la mano. Se extrañaron, solo habían pasado doce minutos, cuando sonó el inconfundible ruido del primer disparo. Para corregir el tiro de la batería, solo se dispara un obús; cuando ya está corregido el disparo, disparan todos para barrer la zona. El observador localizó el punto donde había caído el proyectil, dio las correcciones para el segundo disparo, poco después se escuchó el segundo cañonazo. En aquel momento se vio la experiencia de nuestro sargento observador, ya que el segundo disparo se cargó de un plumazo un grupo de tres barriles. Explotaron como en las películas, al estar llenos de agua me dijeron que fue muy espectacular. Nuestro observador dio el objetivo directo por radio, lo que dio paso a que poco después las seis piezas a la vez dispararan, creo, tres salvas. Con aquello, no quedó un bidón sano. Se dijo por radio: «Objetivo destruido.» Muchos mandos fueron a felicitar a nuestro sargento por el buen ejercicio hecho, sabían que él era artífice del éxito del ejercicio.

Mientras tanto, entre el rey y el ministro de defensa, nos contaron que se produjo esta conversación:

— Se han cargado los bidones — dijo el ministro.

— Ya lo veo — contestó su majestad.

— Pero es que no han dejado ninguno, no sé qué hacer.

— Vamos a ver, Narcís, cómo que no sabes qué hacer.

— No sé si felicitarlos o castigarlos, no sé si lo han hecho bien o mal.

— Vamos a ver, Narcís, te lo han explicado antes. En vez de en tres o en cuatro disparos, le han dado a los bidones en dos. Han destruido todo lo que se suponía que era el poblado con las salvas, pero sobre todo, en lugar de en media hora o más, han disparado en un menos de un cuarto de hora. ¿Tendrás que darles la enhorabuena? ¡Ay! Narcís, Narcís.

Puedo asegurar que me contaron esa conversación así, más de una persona de las que estaban por allí, por lo que creo que puede ser casi textual. En la cena recibimos vino para acompañar los alimentos, como obsequio de felicitación del alto mando, por lo bien que habíamos hecho nuestro ejercicio y en un tiempo récord. Poco después, nuestro capitán recibió una condecoración por aquel ejercicio de tiro.

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