Todos hemos tenido algún momento en nuestra vida donde nos hemos dado cuenta de la importancia de poder comunicarte con fluidez con cualquier persona. Para mí nunca fue tan claro como en Düsseldorf. En el sector náutico hay unos pocos Salones de referencia y verdaderamente importantes, uno de ellos es el salón náutico alemán por excelencia, el Salón Náutico de Düsseldorf, que se realiza en enero todos los años. Hablo de memoria, pero creo que expusimos allí en el año 2005, año arriba o abajo.
Teníamos entonces unos representantes que nos convencieron para llevar allí nuestros barcos, y no sin esfuerzo, conseguimos exponer en aquel gran salón. Estaban en el Stand una traductora, los representantes, y nosotros fuimos varios días para relaciones y posibles consultas con distribuidores. Del astillero fuimos mi encargado y yo.
Vuelo directo desde Alicante, en el avión ningún problema de comunicación. Llegada al aeropuerto, también sin problemas, es fácil, te paras un poco y los que vienen detrás te van empujando hasta donde se recogen las maletas; desde allí, siguiendo al grupo de gente que va siempre en una única dirección, te encuentras de repente en una enorme parada de taxis. Cuando entramos en el que nos tocaba, le enseño la reserva del alojamiento, hace un gesto con la cabeza y sin más problemas llegamos al hotel, señala el taxímetro, se le paga. Somos unos monstruos, ¡qué fácil es moverse por el mundo!
En la recepción del hotel, vemos un par de jóvenes con muchos pins de banderitas. Ya sé que significa que hablan los idiomas de esas banderas. Me fijo bien y los dos llevan la banderita alemana y la inglesa. Con mi dominio de idiomas varios, le digo si hablan algo de español, italiano, francés o catalán, que son las cuatro lenguas en las que me puedo defender. Negativo, pero que me espere, que viene alguien que habla italiano. Mi encargado se mueve en menos lenguas que yo, básicamente en castellano y pare usted de contar. Esperamos a la chica que “habla” italiano y, no sin dificultad, conseguimos realizar los trámites para poder inscribirnos en el hotel. Las habitaciones del hotel son como cualquier otra, el bufé del desayuno no tiene ningún problema, es autoservicio. A la mañana siguiente, ya desayunados y listos para la feria, nos las prometíamos muy felices. La organización alemana es famosa porque no falla. En la puerta del hotel, nunca vi menos de tres taxis listos para llevarte donde quieras. El nuestro, el que nos toca, es un imponente Mercedes, Clase E, con un taxista grande, muy grande, rubio, con bigote, con una piel muy pálida, casi blanca como el papel, que en cuanto cerramos las puertas, me dice algo así como:
— Gromenauer, gromenauer. — Exactamente no sé muy bien lo que decía, pero a mí me sonaba a eso.
— Esto, Messe Düsseldorf. — Por lo que yo sabía, el recinto donde se realiza el Salón Náutico se llama así.
— Ja. — Yo lo entendí por un sí, todo perfecto.

Durante el trayecto, íbamos hablando mi encargado y yo de lo bien organizada que se veía la ciudad, todo limpio, muchos coches, del clima (un frío enorme), cosas así, cuando nuestro taxista, sin quitar la vista de la circulación, nos dice:
— Gromenauer, gromenauer. — Yo me dije que aquello era muy raro, ya le había dicho la dirección, pensé que se habría despistado.
— Messe Düsseldorf, Plis. — Yo soy de la generación que estudió francés, de inglés no tengo mayor idea que alguna traducción de canción o película. Vamos, prácticamente nada. De escribirlo, cero directamente.
— Gromenauer, gromenauer. — Seguía mirando al tráfico, pero el tono ya era algo más elevado.
— Sorry, Messe Düsseldorf. — Yo ya hablaba despacito, como vocalizando, por si de esa forma lo entendiera mejor.
— Gromenauer, gromenauer, ¿espiquin inglis? — Ya digo que no sé cómo se dice, mucho menos cómo se escribe, perdonen las patadas al diccionario de inglés.
— No, nacing. ¿Vous parlez français?
— Nein.
— ¿Italiano?
— Nein, Gromenauer, gromenauer. — Aquí, el tono, podríamos decir que era ya algo agresivo.
— ¿Messe Düsseldorf? — No sabía qué otra cosa podría decirle.
En ese momento, el tono pálido de nuestro taxista ya estaba algo enrojecido. El taxi llegó a una gran rotonda, en algún sitio donde no molestaba mucho, aquel taxista paró el coche, puso los cuatro intermitentes, se soltó el cinturón, giró su cuerpo hacia nosotros, y nos gritó:
— ¡Gromenauer, gromenauer! — Su tono de piel era ya claramente rojizo y la vena del cuello parecía del tamaño de una tubería de riego por goteo.

No paraba de hablar y gesticular, cada vez nos parecía más grande, nosotros más pequeños en el asiento de atrás, creo que algunas cosas nos las decía en alemán, y otras en inglés. En un momento dado, bajo aquella presión, mi cabeza funcionó a una relativa velocidad, escuché en medio de todo lo que decía algo así como “gueit”. No me pregunten cómo acerté a pensar que aquello que decía podía ser “gate” en inglés y que podría significar puerta. Levanté la mano en señal de Stop, se calló un momento, y solté:
— Uan moment, plis. — Cogí mi móvil, hablé con el representante que nos organizó la exposición, y le pregunté: — Oye, ¿para entrar en el Messe Düsseldorf hay varias puertas?
— ¡Oh! Sí, dependiendo de la puerta donde te deje el taxi, puede ser que tengas que andar más de veinte minutos para llegar a tu Stand.
— ¡Pues qué bien! ¿Cuál sería nuestra puerta?
— La Este, dile la puerta Este.
— ¡Este! sorry, ¡Est!— Le dije a nuestro taxista, cuando colgué.
Este hombre cambió de color, volvió a su tono pálido, quitó los cuatro intermitentes y nos llevó sin más conversación a la puerta Este. Para los que piensen que con una app de traducción se solucionaba rápido, en aquellos días di muchas gracias porque mi viejo Nokia me puso en contacto con quien necesitaba; las apps traductoras llegarían mucho tiempo después. Me cobró barato, sin ningún extra. Siempre me he dicho que, si esto me pasa en otro sitio, o con otro taxista, este me da siete vueltas por la ciudad, me cobra un ojo de la cara, nos deja en el primer lugar que le venga bien y ya te apañarás como sea. Pero mi amigo Gromenauer no paró hasta poder darnos el mejor servicio. Eso le tengo que agradecer. No quiero alargar mucho esta entrada, pero para cerrar mis peripecias de comunicación en Düsseldorf, solo puedo comentaros que aquella noche, después de un largo día de feria, terminamos cenando en un restaurante italiano, regentado por unos griegos, y que comimos algo porque el menú tenía fotos, que si no…



