La otra tarde, me contaba un amigo que le habían gustado mucho mis «batallitas de la mili», porque él (más joven e inocente) no la había hecho. Por tanto, solo tiene referencias de historias como las que ya he contado. Me preguntó si tenía alguna anécdota más. La verdad es que tengo muchas, pero la memoria es selectiva; las voy recordando según los momentos.
Pongámonos en situación. Yo pisé el cuartel militar de Viator por primera vez en abril del año 1984. Muchos decían que iban a la mili a la fuerza. Yo solo vi a un compañero que llegara escoltado con un guardia civil a cada lado. Recuerdo perfectamente el nombre y apellidos de aquel mozo (entonces, antes de jurar la bandera, cosa que nos convertiría en soldados, por tanto, en hombres hechos y derechos, éramos mozos). Han pasado años, pero no se me olvidan sus datos. Lo llamaremos Lisardo para esta historia, creo que me acuerdo del nombre y apellidos de muy pocos compañeros de mili, este es uno de ellos, reemplazo del 84/3º en Viator, entonces campamento Álvarez de Sotomayor.
Decía que solo vi un mozo que llegara al cuartel con un guardia civil a cada lado. Al contrario que los demás, vino solo con la ropa puesta. No llevaba bolsa, maleta o mochila. No llegaba esposado, no era un delincuente, ni mucho menos. Tenía cara de «bruto», pero se veía claramente que era buena gente. Lo dejaron a cargo de un cabo que lo sentó en una mesa que estaba en el centro de la compañía. A los lados, las camaretas. En la pared del fondo, sobre esa mesa, había una televisión. Aquel mozo se quedó petrificado viendo aquella maravilla. Nunca había visto una. Había encontrado un mundo nuevo, para él, claro está. La vida en un cuartel, sobre todo en uno de reclutas, es muy básica y fácil de seguir: todos a la cama, todos arriba, a formar todos, a comer, a cenar, etc. Cuando se vino a dar cuenta, Lisardo estaba vestido de verde, como los demás, casi sin pelo en la cabeza, como el resto de compañeros y hacía lo mismo que hacían los demás. Lo habían metido en una formación de unos ciento cincuenta hombres; estaban intentando enseñarle a desfilar, a él y al resto. Pero Lisardo tenía una gran dificultad: Lisardo no entendía nada de lo que le decían. Tampoco nosotros entendíamos a Lisardo. Hablaba una lengua ininteligible para nadie de allí. Español, no era, eso lo puedo asegurar. Ni inglés, francés, alemán, ni nada parecido. Entre todos los compañeros y mandos intentamos saber qué quería decirnos, por que él quería comunicarse y enterarse de las cosas, o eso nos parecía. Probaron vascos, catalanes, gallegos, asturianos que conocían el bable; nadie entendía nada. Hablaba muy rápido y con un acento muy cerrado.
- Lisardo, ¿Qué dices?
- Tantarantán tantarantán, tantarantán.
A eso sonaba lo que decía Lisardo. Conforme pasaban los días, donde íbamos todos, iba Lisardo. Era buena gente, pero no entendía nada, ni nadie le entendía a él. Menos mal que avanzó algo en la comunicación. El ser humano tiene la capacidad de aprender, y Lisardo aprendió algo de comunicación. Por lo que fuese, aquel mozo se dio cuenta de que en el ejército había una palabra mágica, una palabra con la que toda persona que se precie, al querer comentar algo, debe terminar sus frases. Y esa palabra fue la primera que todos entendimos que pronunciaba Lisardo. Lo descubrimos de la mejor manera posible. Os cuento. Normalmente practicábamos de lunes a jueves por pelotones (imaginen la compañía formada, al frente nueve soldados, cada pelotón era una de las filas de la formación, los que estaban detrás de cada uno de los de «cabecera», entre doce y catorce soldados, una fracción de lo que era la compañía); los viernes, se probaba con toda la compañía junta. Al final de la jornada del viernes, se mostraban los avances de todos los reclutas ante el oficial al mando de la compañía, en este caso un capitán. Era nuestra primera semana, por lo que aquella demostración fue bastante lamentable, si soy muy generoso, normal en aquellas circunstancias. Después de un intento penoso de desfile, nos pararon a todos, nos mandaron «Firmes», por lo que estábamos esperando otro discurso; sabíamos que no sería agradable, era la forma de «aleccionar» en el ejército, de «motivarnos». Imaginen el momento. Todos firmes, inmóviles, tiesos como varas de cohete, mirada arriba, esperando la bronca de turno. En ese momento, veo con el rabillo del ojo, que andando normalmente por entre los ciento cincuenta compañeros, avanza mi Lisardo todo decidido. Por lo que fuese, él había detectado que el que mandaba en todo aquel cotarro era el capitán. Pues ni corto ni perezoso, decidió contarle lo que le pasaba, lo que pensaba, o a saber qué más le dijo. Él ya tenía claro cómo debía terminar las frases para que las cosas quedaran perfectamente claras.
- ¿Dónde va usted? — le dijo el capitán, porque ante lo inesperado de que un recluta novato rompiera la formación, ni cabos, ni sargentos, ni nadie había actuado.
- Tantarantán tantarantán, tantarantán polla. Tantarantán polla. Tantarantán polla.
- ¿Cómo?
- Tantarantán tantarantán polla. Tantarantán tantarantán, tantarantán polla.
Sí, amigos. Después de escuchar no se sabe cuántas veces aquella palabra, lo primero que entendimos que decía Lisardo era eso. Lo peor de todo es que él creía que usando esa palabra, todo lo que dijese se entendía o estaba bien dicho, pero iba a ser que no. Seguía siendo un total incomprendido, donde lo único que se le entendía era la flor final de cada frase. De esta extraña manera fue como el capitán se enteró de que tenía un hombre en su compañía con el que era imposible comunicarse. No hacía las cosas bien, no porque no quisiera, sino porque no se enteraba de nada. A pesar de lo que todos nos temíamos, no lo arrestaron. Decidieron que pasara a formar parte del pelotón de los torpes. Todas las compañías de reclutas tenían en cada reemplazo un «pelotón de los torpes». Unas veces con más soldados, otras con menos, siempre había alguien que, por una razón u otra, no era capaz de desfilar como el resto de compañeros, no sabía mantener el paso, se equivocaba frecuentemente, no acertaba siempre con el «izquierda, derecha», etc. Esa gente formaba el pelotón de los torpes. Se entendía que en el mes y medio de formación de reclutas, no se podían poner al nivel de sus compañeros; por tanto, el día de la jura de bandera, eran los que «por casualidad» cubrían unos puestos imprescindibles, por lo que hacían una Jura de Bandera de otra manera, sin participar en el «Desfile de la Jura de Bandera» delante de familiares, visitantes y otros mandos.

Quiero aclarar la situación de Lisardo, antes que nada, para evitar confusiones. Sé que esta parte, todos los compañeros, la descubrimos casi un año después, cuando estaba a punto de licenciarse, pero para mejor entendimiento de su situación, voy a desvelar ya su secreto. Lisardo venía de una aldea perdida en Galicia. Nunca supimos exactamente dónde, pero con ayuda de un buen gallego de nuestro reemplazo, consiguiendo que hablara despacio, muy despacio, pudimos enterarnos de su historia. En su casa solo estaban sus padres, él y dos bueyes. Si alguna de las bestias enfermaba, él la sustituía tirando del yugo; tal era su fuerza. Por supuesto, no sabía lo que era la luz, ni el agua corriente. Cada cierto tiempo, llegaba un hombre con un mulo que les llevaba sal y alguna otra cosa más que le hubieran encargado en el viaje anterior. Ellos compraban esas cosas que necesitaban y no podían producir en sus tierras. Luego de comprar, le vendían cucharones de madera y utensilios de cocina, que tallaban por las noches, o los días que hacía malo y no podían cuidar sus animales y tierras (era un portento verlo un día tranquilo con una simple navaja y un trozo de madera). Aquel era casi el único contacto con el mundo exterior de aquella familia. Un día, una pareja de guardias civiles apareció por su casa. Venían a llevarse a Lisardo, que tenía obligación de hacer el servicio militar. Sus padres sabían que debía hacerlo algún día, pero nunca el cartero pasó por su casa. Como no había salido de sus tierras jamás, para prevenir que pudiera pasarle algo, más que por otra cosa, alguien pensó que debían escoltarlo hasta Viator, en Almería, que fue donde hizo el servicio militar. Lisardo nos contó que lo llevaron andando hasta un coche. Nunca había visto uno. De allí a una ciudad, o pueblo, él no sabía lo que era. Lo subieron en un tren. Cada cierto tiempo cambiaba la pareja de guardias civiles que lo acompañaba. Lo bajaron de un tren, lo subieron en otro, unas cuantas veces. Creímos entender que su viaje duró más de un día. Hasta que finalmente, la última pareja, lo llevó hasta el cuartel. Él nunca entendió por qué se tuvieron que quedar sus padres solos, ni por qué tenía que estar allí. Pero tenía que estar, por lo que parecía, y estaba.
Podría pasar que no tuviese nada más que contar de Lisardo, pero el azar influyó para que esto no sea así. A Lisardo lo destinaron a mi batería. Por eso conozco tan bien su historia. Cuando ya has jurado bandera, ya eres un soldado, todo un hombre, también tienes la obligación, de cuando te toca, hacer guardias en el campamento, protegiendo el perímetro y esas cosas. Cada cuartel tiene varios cuerpos de guardia. Cada uno se encarga de la vigilancia de una parte del recinto. Por eso en el perímetro exterior de los cuarteles hay garitas, que es donde realizamos las guardias. Quiso la fortuna que, en mi primera guardia, además de otros compañeros, alguno veterano, Lisardo compartiera aquel momento conmigo. A las nueve de la mañana, puntuales, nada de más o menos, estábamos haciendo el relevo de la guardia saliente. Nos tocó el polvorín. Como Lisardo había estado en el pelotón de los torpes, no dominaba el rifle que nos habían asignado para realizar el servicio de guardia (en adelante, lo llamaremos Cetme, porque así es como se llamaba, para que nos entendamos todos bien). Entre todos le explicamos, lo mejor que podíamos, cómo funcionaba aquello. Que nosotros le explicáramos las cosas, para nada significaba que él las entendiera, ojo. También le contamos que nadie podía pasar de fuera del campamento a dentro, saltando o rompiendo la valla. El «alto o disparo» y, en última instancia, la amenaza de disparar. Lisardo, por aquellos entonces había aprendido a decir su nombre y apellidos, también a asentir con la cabeza. Hasta el último día que tuve trato con él, terminaba sus frases con la flor que aprendió en su primera semana de mili. De manera que una conversación de buena mañana podía ser esta:
- Buenos días, Lisardo.
- Tantarantán tantarantán, tantarantán polla. — Con su sonrisa, plagada de dientes que nunca habían visto un dentista, y asintiendo con la cabeza.
En el primer turno, nos libramos de puesto. Nos tocó entrar en el segundo. Los relevos de guardia se hacían de la siguiente manera en aquel cuerpo de guardia. Un cabo delante, en fila india siete soldados, uno por cada puesto de guardia o garita, cada soldado con su arma reglamentaria. El cabo avanzaba hasta llegar al primer puesto, releva al soldado de guardia que lleva ya un tiempo, normalmente unas dos horas, por uno que estaba descansando. El relevado se va a la cola. Así al siguiente puesto, donde se repite la acción, hasta completar el relevo de todos los puestos, que es cuando se vuelve al cuerpo de guardia. Los cabos ya tienen una experiencia, van guiando a los nuevos. Yo realicé mi guardia en la garita anterior a la de Lisardo. De noche sí se hace lo de «alto centinela, ¿Quién va?» que habréis visto en alguna película. De día, como era el caso, ves a lo lejos que se va acercando el cabo de guardia, con los soldados detrás; todos son de tu compañía y los conoces, son tus compañeros que vienen a hacerte el relevo. Los vi venir, todo normal. Les dije las formalidades de rigor, que básicamente eran que no había ninguna novedad, se quedó mi relevo en el puesto, me incorporé a la fila, ocupando la posición de cola. La siguiente garita era la de Lisardo. Todo iba bien, hasta que nos acercamos.
- ¡Tantarantán tantarantán, tantaran polla!
- Lisardo, que venimos a relevarte, vente a descansar. — el cabo que sabía quién era, tenía paciencia con él.
- ¡¡Tantarantán tantarantán, tantarantán tantan polla!! — Lisardo en aquel momento nos apuntó con el Cetme.
- ¡Lisardo! ¡No me toques las narices!
- ¡¡¡TANTARANTAN POLLA!!!
Dicho esto, se escuchó un sonido que todos los que hemos hecho la mili, reconoceríamos en cualquier momento y lugar. Escuchamos perfectamente cómo Lisardo montó el Cetme. En ese momento, sabíamos que había una bala en su recámara. No hizo falta que nadie dijera nada. Automáticamente, estábamos todos cuerpo a tierra.
- ¡¡Lisardo!! ¡¡Por Dios!!
- ¡¡¡ Tantarantán tantarantán, tantaran polla!!!
La conversación continuó por parecidos términos durante un buen rato. Puedo aseguraros que sudamos tinta. Después de mucho suplicar, bajó el arma. Cuando conseguimos realizar el relevo, que llevó mucho tiempo, lo abrazamos, porque creo que él tenía más miedo que nosotros. Por alguna razón, parece ser que entendió que por allí no podía pasar ninguna persona, y cuando entendió nadie, era nadie. Cuando explicaron a los superiores lo que pasaba, viendo que era imposible comunicarse con él, pero que realmente no tenía ninguna maldad, no realizó ningún puesto más de guardia. Al regresar a la batería, ya al día siguiente, al terminar la guardia, alguien se reunió con nuestro capitán. Tomaron la decisión de que no podía ponerse ningún arma, ni nada peligroso, en sus manos. Decidieron que lo mejor que podían hacer para todos era destinarlo a cocina. Esa fue su función hasta que acabó la mili. Era el que conseguía que los reclutas que tenían servicio de cocina, limpiaran, montaran, recogieran todo en cocina y comedores. A ver quién era el recluta que no obedecía cuando escuchaba:
- ¡¡¡Tantarantán tantarantán, tantaran polla!!!

El final de su mili fue uno de esos momentos que nunca olvidaré. Ya he dicho que nos contó su historia, la de antes de la mili. Cómo no conocía nada del mundo exterior, cómo aquello era un mundo nuevo para él, que no conocía, no entendía y comprendía que no podía comunicarse con nadie. No salió del cuartel en todo el tiempo de mili. Cuando le correspondía permiso, sencillamente, se quedaba en su litera viendo revistas que le dejaban (no sabía leer, nunca fue a una escuela), viendo la tele, o escuchaba música en alguna radio que le prestaban. Pero la mayoría de sus momentos libres los pasaba delante de la televisión. Le fascinaba todo lo que salía por aquella pantalla. Daba igual que fueran las noticias, dibujos animados, documentales, lo que fuera. En la tele veía cosas que no conocía, descubrió el fútbol, los deportes en general, aviones, barcos, todo lo que no había visto en la vida real, lo conoció a través de la televisión.
La paga de soldado, por aquellos entonces, unas trescientas y algo pesetas (yo os hago la reconversión: unos dos euros al mes). Como no compraba nada, la tenía toda ahorrada al acabar su mili. Todos pedimos que fuera el primero en licenciarse de nuestro reemplazo, porque era bueno al máximo. Si había alguien enfermo, de cocina le traía manzanilla o un bocadillo, lo que él pensaba que le vendría bien. Se daba cuenta de todo. Por esas cosas, todos lo apreciamos mucho. En el petate que le dieron para irse, además de la ropa del ejército, que para él era un regalo, le dimos los aparatos de radio, que casi le gustaba tanto como la televisión. Todas las pilas que teníamos, nuevas y gastadas, se fueron en su petate. También recogió espejos, peines, linternas, mil trastos que nosotros queríamos dejar olvidados; para él eran preciados tesoros. En aquella conversación, en la que nos contó su vida, nos dijo que le daba mucho miedo regresar a su casa. No sabía cómo podía hacerlo. El compañero gallego, que nos ayudó a comprenderlo, pidió hablar con el capitán. Le contó la historia de Lisardo y le pidió que los licenciaran el mismo día (lo normal es que, al igual que los reclutas llegaban al cuartel por pequeños grupos cada día, un día se fueran unos cuantos, otro día otros; así, en pocos días, se licenciaba al reemplazo completo), porque su intención era acompañarlo hasta su casa, para ayudarlo a llegar bien, para que no pasase miedo con ese mundo nuevo que para él seguía siendo desconocido. El día que se fue Lisardo, con aquel compañero también gallego, creo que alguna lágrima humedeció la mirada de todos. No se me olvidan sus ojos de un azul claro, muy claro. Sus dientes negros, feísimos, que formaban parte de una sonrisa maravillosa, su cara de buenazo, porque la tenía, y seguro que la sigue teniendo, donde esté, perdido en cualquier parte de la profunda y desconocida Galicia.



