Después de contar mi aventura con los Carabineros en Italia, algunos amigos me han preguntado si me había pasado alguna otra cosa parecida. Y similar, similar no es, pero sí puedo asegurar que es digna de ser leída. Teníamos por aquel entonces un importador de los barcos que fabricaba en Croacia. Era un gran hombre (en todos los aspectos, medía más de dos metros y tenía unas manos como el pulpo de la feria, pero aun así, era aún más grande como persona), vino a visitarnos en varias ferias, incluso vino a Almería a nuestro astillero en alguna ocasión. Como es normal, lo tratamos muy bien aquí, comió y disfrutó de nuestra tierra a lo grande. Él, en agradecimiento, también para que viéramos cómo se esforzaba y trabajaba la distribución de nuestra marca en su país, nos invitó para que visitáramos Croacia, mientras exponía nuestros barcos en el Salón Náutico Internacional de Split.
La verdad es que fue un viaje inolvidable, Croacia es muy bonita, tiene una costa espectacular, es un país digno de ver. Nuestro vuelo fue agradable, de Almería a Barcelona, y desde allí a Dubrovnik. Nuestro distribuidor se ofreció a recogernos en el aeropuerto, así aprovechamos el viaje hasta Split hablando de todo un poco, trabajo y lo que no era trabajo. De Dubrovnik a Split hay poco más de doscientos kilómetros, pero por aquellas carreteras, eso suponía bastante más de tres horas de conducción. Como este hombre sabía de mi facilidad para marearme en un coche si no conducía yo, me dejó conducir a mí. Nos recogió en su Golf, delante iba él en el asiento del copiloto, yo en el del conductor, y detrás se sentaron nuestras respectivas mujeres.
El paisaje era espectacular, pero la ruta era por carreteras un poco complejas en cuanto a curvas, anchura de la calzada, ausencia de arcenes, etcétera. No recuerdo la fecha con exactitud, diría que sobre 2005, más o menos. Yo conducía con bastante normalidad, ya que mi copiloto me indicaba mejor que Luis Moya a Carlos Sainz: «Aquí hay curva fuerte», «frena que aquí se pone el radar», «aquí puedes pisarle que no hay problemas», y así todo el viaje. Llegamos a Split sin más historias, estuvimos allí tres días, en la feria y también haciendo algo de turismo.

Llegó el momento de retornar, lo hicimos de la misma manera, nuestras mujeres detrás, mi copiloto diciéndome todas las incidencias de la ruta, mientras, yo me centraba en seguir sus indicaciones y conducir lo mejor posible. Llegando a Dubrovnik vamos a entrar en un puente largo, mi acompañante me dice: «Ojo con la velocidad, aquí se pone mucho el radar». Indicaba a cincuenta, yo antes de entrar en el puente ya iba a cuarenta, o menos, no quería problemas. Cruzo todo el puente, estoy seguro, sin superar los cuarenta, cuando de repente aparece un policía croata, dándome el alto con una piruleta. La verdad es que era impresionante, alto, muy alto, con un uniforme que llevaba una gorra de plato enorme. Antes de parar el coche, mi distribuidor me dice: «Rápido, dale la cartera a tu mujer». Como pude, se la pasé sin saber muy bien por qué, mientras tanto ya estaba parando el coche donde me decía el agente. Este me hace bajar la ventanilla, me habla en croata, que por si no lo imagináis, no hay manera de pillar palabra. Mi copiloto, con la mejor de sus sonrisas, se baja del coche, mientras lo hace, le dice a mi mujer, aprovechando que el policía difícilmente entendería el español: «Saca todos los billetes de la cartera de Juan, deja solo uno de cincuenta». Mientras él comienza a hablar con el policía, mi mujer hace lo que le dicen y un poco a escondidas, me pasa la cartera en la que había dejado nada más que un billete de cincuenta euros.
El policía hablaba, bueno, más que hablar, gritaba a mi amigo. Me hace bajar del coche y me lleva a su coche patrulla, donde estaba su compañero con una pistola láser para controlar la velocidad. La tenía parada en algo más de ochenta kilómetros por hora. Cuando veo aquello, me enfado bastante, le digo a mi amigo: «Tú sabes que íbamos a cuarenta, nada de ochenta, ¡Pero esto qué es! ¡Esa no es la velocidad a la que circulábamos nosotros!». Increíblemente, para mí, él estaba totalmente tranquilo, le decía no sé qué cosa, pero no paraba de hablar con el agente. Me dice: «Déjale tu permiso de conducir», se lo doy. Siguen las voces y gesticulaciones. «Enséñale tu cartera, que no llevas más que cincuenta euros», así lo hago. El agente se pone las manos a la cabeza, mi amigo intenta calmarlo, el policía habla con su compañero, se enfadan los dos conmigo, comienzan a darme voces los dos. Mi amigo, detrás de ellos, me hace gestos de que me tranquilice y me calle. No estoy muy convencido, pero lo hago, calladito y tranquilo. Con un enfado de mil demonios, el agente que me paró, saca un talonario impresionante. Escribe mis datos, que los toma del carné de conducir, me arranca textualmente los cincuenta euros de la mano y me da mi hoja. Como no entiendo nada de croata, lo único que pude captar en aquel pliego era mi propio nombre, cincuenta euros, y nada más. Con un cabreo monumental, una vez mi compañero se despidió de los agentes, reanudamos la marcha hacia el aeropuerto. Le di aquello a mi mujer, diciéndole:

— Guarda esa multa, que no sé cómo, pero tenemos que reclamar. — Mi copiloto se reía de buena gana, su mujer también.
— ¿Sabes que si hubiera querido, ese policía te habría multado con más de doscientos euros?
— ¡Pero si iba a menos de cincuenta! Tú lo sabes.
— Da igual, sería tu palabra contra la suya, no tenías nada que hacer. Aquí un policía es la máxima autoridad, no tenías ninguna opción.
— Es injusto.
— Sí, de hecho quería denunciarte con cuatrocientos euros. Como sabía lo que pasaría, por eso le dije a tu mujer que dejase solo cincuenta.
— Pero eso no puede ser. Entonces, ¿Qué ha puesto en la multa?
— ¿Qué multa?
— ¡Pues la que le he dado a Antonia!
— Eso no es una multa.
— Pero, pero, ¿Entonces qué es?
— Es un donativo para reparar una ermita, ahí lo pone, en croata, pero lo pone bien claro.
— Pero, ¡entonces nos han estafado!
— ¿Qué prefieres? ¿Cincuenta euros para reparar la ermita, o cuatrocientos y perder el avión, porque te llevarían al cuartel y te harían perder un par de horas?
— ¡Visto así! Que reparen la ermita, que la reparen.
No sé por dónde andará hoy, ha estado mucho tiempo dando vueltas por casa aquel boleto del donativo que generosa y voluntariamente di para la reparación de una bonita ermita en Croacia. Que si lo pienso fríamente, era la mejor de las opciones posible en aquel caso, ¿o no? ¿Harías algo distinto? Coméntalo si quieres.



