Ver Roma y después…

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Esta historia sucedió en la primavera del año 2010, si mal no recuerdo. En esa época teníamos muchos distribuidores en Italia, por tanto, nos tocaba promocionar nuestros barcos allí. Preparamos varias ferias, en Génova, Nápoles, Venecia, Verona, San Remo, Roma y alguna más que no recuerdo ahora. Esta historia nos pasó cuando íbamos para el Salón Náutico de Roma. Nuestro distribuidor en aquella zona tenía dos barcos que se llevaba a la exposición; nosotros llevábamos uno, otro modelo distinto que se quedaba este distribuidor, con lo que tendríamos tres modelos para que los vieran los clientes en la exposición. Yo me quedaba durante toda la feria, para ayudar y, de paso, intentar que las ventas de nuestros barcos fueran las mayores posibles. Por eso íbamos en nuestro camión, Manolo, el chófer que trabajaba con nosotros en aquel tiempo, y yo mismo. Había decidido hacer parte del recorrido en ferry, con Grimaldi, usando la ruta Barcelona/Roma. Aunque Roma no tiene puerto realmente, el destino del ferry es Civitavecchia, que está bien conectado con la capital italiana por autopista; la distancia es solo de setenta kilómetros. El plan era sencillo: hasta Barcelona nos turnamos conduciendo normalmente. El trayecto del ferry nos dejaba en el puerto, yo conducía hasta Roma, para que Manolo acumulara el máximo de descanso posible. Una vez descargado el barco, yo me quedaba en la exposición, mientras el chofer se venía con el camión, esta vez todo carretera, que tenía más viajes que hacer. Aproximadamente a las ocho de la tarde tomamos la autopista, era febrero, noche cerrada. Como es habitual en Italia, casi nadie conduciendo a esas horas, prácticamente circulábamos solos por la autopista en dirección a nuestro destino.

Con el tiempo, cada conductor tiene sus manías, vosotros tendréis las vuestras, seguro. Una de las mías es mirar continuamente por los retrovisores, sobre todo cuando voy conduciendo un camión. Más que para ver quién viene por detrás, es para controlar la carga: si una cinta de amarrar se soltase la vería volando, por seguridad de la carga más que por otra cosa. En uno de mis vistazos a los retrovisores, veo que llevamos unas luces de un coche muy pegado a nuestro camión. Voy controlando y me doy cuenta de que el coche nos podía adelantar sin ningún problema, ya que la autopista estaba casi sin circulación. Además, en España la velocidad máxima permitida a un camión es de noventa, sin embargo, en Italia es de ochenta. Más fácil para adelantarnos aún. Le comento a Manolo mis sospechas.

— Llevamos una lapa detrás.

— ¿Una lapa? ¿Qué es una lapa?

— Cuando un coche de la Guardia Civil quiere saber a qué velocidad vas, solo tiene que pegarse a ti, como una lapa, siguen tu ritmo, de esa manera sabe a qué velocidad vas.

— Pero tú has ido a ochenta todo el rato. No pasaría nada.

— Ya, pero me apuesto lo que quieras a que nos paran en el próximo área de servicio, que está aquí mismo.

— No me lo creo.

— Ya verás.

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Como había pronosticado, en cuanto apareció el primer cartel avisando del área de servicio, nos adelanta la “lapa”, un Alfa Romeo de los Carabineros. Manolo no se lo podía creer. Encendieron las luces, puse el intermitente para tomar la salida, así los Carabineros tenían claro que había entendido el mensaje, me tenía que desviar con ellos. Tomamos detrás del coche patrulla la salida, nos guían hasta la zona de aparcamiento de vehículos pesados. Son dos carabineros, uno alto y fuerte, el otro más bajito, gordito y mayor. El que se dirige a hablar conmigo es el alto, me pide los carnés de conducir de ambos; como hablo italiano bastante fluido, no hay problema de comunicación, también los papeles del camión, de la carga y los discos. Me pregunta si hemos realizado los descansos reglamentarios. Le explico que sí, que además, no venimos conduciendo toda la ruta, que hemos tomado el ferry, por lo que llevamos descanso de más. Lo comprueban todo con los discos. Por los descansos no podían decirnos nada. El bajito se queda con la documentación, para estudiarla. Mientras, el alto me pregunta que a dónde vamos, le digo que al Salón Náutico de Roma. Este carabinero me dice que quiere ir a verlo, que si somos transportistas, no, somos de la fábrica que hace estos modelos, qué barco llevamos, se lo explico, que somos un astillero español, que estamos trabajando para darnos a conocer, intentando crear buena relación con aquel hombre. Manolo tenía los ojos como platos. No entendía nada. De pronto nos llama el carabinero bajito. Él habla con su compañero, este último es el que se comunica conmigo.

— Que dice mi compañero que has cometido una infracción grave.

— ¿Qué infracción he cometido yo?

— Has sobrepasado el límite de velocidad.

— ¿Cuándo? Estoy seguro de haber mantenido ochenta como máximo.

— Mira el disco, aquí. — En un punto, y por segundos, efectivamente había circulado a ochenta y tres. En el disco había un pico que pasaba de los ochenta, pero que no llegaba a los noventa.

— Pero eso no es casi nada. Ha podido ser una cuesta abajo, han sido unos segundos, solo hay un pico en el disco.

— Lo sé, es una tontería, pero mi compañero es muy duro. Lo siento, te va a multar.

— Pero si es una cosa pequeña. — Mientras tanto, el otro carabinero sacaba el cuaderno de multas, que por si no lo sabéis, en Italia utilizaban uno que era de mayor tamaño que un folio. Vamos, que impresiona solo ponerlo sobre el Alfa Romeo. Se prepara para escribir, pero le dice antes algo a su compañero. Este me lo transmite rápidamente.

— Oye, ya sabes que si queréis continuar con vuestra ruta, tenéis que pagar aquí y ahora la multa. Si no tienes efectivo, os tenemos que llevar a comisaría hasta que alguien pague la infracción, mientras tanto, el camión se queda aquí precintado.

Esto era totalmente cierto en aquel tiempo, por lo que sé, hoy solo ha cambiado que se puede pagar con tarjeta, pero si no se paga una denuncia, al cuartel y vehículo precintado. Lo mismo para camiones que para turismos. No solo en Italia, en cualquier país, para los extranjeros es lo mismo aquí en España.

— Hombre, dinero para el viaje llevo. Creo que tendré bastante, es una infracción pequeña. ¿Cuánto es la multa?

Le pregunta a su compañero.

— Trescientos euros.

— Me dejas sin dinero, pero sí tengo para pagar la multa.

— Vale, pero quiero ver los billetes, que si no los tienes, después de rellenar la hoja de la denuncia, hay que hacer otra denuncia distinta en el cuartel.

A todo esto, el bajito me miraba, mientras estaba con el bolígrafo preparado sobre aquel bloc enorme de multas, con mi carné a la vista y los papeles del camión. Saqué mi cartera, y de ella los trescientos euros, seis billetes de cincuenta.

— Mira, aquí están.

No había terminado de sacarlos, cuando el alto ya había cogido los billetes. Los cuenta y empieza a hablar con su compañero. Comienza la función de teatro.

ver roma, y despues

— La verdad es que es una pena, son trabajadores, vienen desde España, mira la hora que es, todavía tienen que llegar para descargar. — Continúan hablando entre ellos en voz baja. Con los seis billetes de cincuenta aún en la mano, me dice: — Mira, vamos a arreglar esto para que nadie salga perjudicado. Cincuenta para mi compañero. — Le da un billete. — Cincuenta para mí. — Se lo guarda en el bolsillo. — Así tienes tu dinero para estos días, para que te lo gastes en Roma.

Y me da el resto de los billetes.

Recogió toda mi documentación y me la dio, guardó el enorme bloc de multas, se subieron en el Alfa Romeo y se fueron a toda velocidad. A todo esto, yo me estaba guardando el dinero que me quedó, los doscientos euros. Guardaba también la documentación del camión y la mía. Manolo no podía entender nada.

— Si no lo veo, no me lo creo.

— Pues tú eres testigo, más de cerca y clarito no lo podías ver.

— Pero hay que hacer algo. Denunciar o lo que sea, esto no se puede quedar así.

— ¿Qué ganaríamos? No ves que ellos siempre tienen las de ganar, si aprietas un poco, en lugar de costarme cien, me cuesta trescientos. De esta manera, me ha salido mejor. Cuanto menos removamos, menos huele.

Y así quedó la cosa. Yo con cien euros menos en el bolsillo, más de media hora de retraso, pero sin haber pagado una multa de trescientos. Realmente, lo mejor era no quejarse. Tengo otro caso parecido para contar, me ocurrió en Croacia, pero eso será otro día.

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